viernes, 31 de enero de 2014

Sobre el significado de las sincronicidades en general

Primero definamos qué es un sincronicidad.  Es la coincidencia en un tiempo más o menos corto o instantáneo de varios sucesos independientes que están unidos por el sentido que les da el individuo que los vive.  Pero dejando de lado el impacto que produce esta serie de casualidades, impacto que debe retrotraerse a la esencia antigua del ser humano, ¿qué debemos hacer cuando tenemos una o varias sincronicidades? Mi teoría varias veces confirmada por mi intuición y mi emoción es que son una pista de lo inconsciente, a modo de oráculo de los dioses, sobre algo importante que debemos tener en cuenta en nuestra vida.  Así, por ejemplo, si estoy buscando un término en varios libros y la mayoría de veces que abro el libro para buscar, la página abierta al azar es la buscada (cuando yo no sabía dónde había de buscarla y a veces ni si quiera si lo encontraría allí) esto lo considero una indicación de lo Inconsciente para invitarme a seguir buscando.  Por contra, si cuando quiero hacer algo encuentro una serie de obstáculos imprevistos, a veces verdadera mala suerte, que me dificultan su realización, tomaré en cuenta que lo Inconsciente me quiere llamar la atención sobre la conveniencia de detener mi propósito o de al menos reflexionar sobre el mismo.      
Esta actitud es muy irracional y es fácilmente desprestigiada por la estadística.  Sin embargo, la vivencia total del alma humana exige el tener en cuenta a la irracionalidad de la misma. Ésta ha sido ampliamente usada por nuestros ancestros y creo que sería demasiado presuntuoso el pensar que el desarrollo del pensamiento dirigido y la técnica fueran las dos únicas manifestaciones válidas del ser humano.  Ésta forma de recibir lo inesperado de la vida es la antigua religuere que ha condicionado el saber del hombre antiguo así como del moderno de no hace muchas generaciones e incluso de individuos actuales con un bajo nivel de educación académica.  Allí donde falla el caparazón construido por el materialismo adquirido orgullosamente por la consciencia, allí resurge el alma olvidada y desprestigiada que temía a los espíritus o dioses y se preocupaba por una vida más allá de la muerte.
Las sincronicidades o casualidades, pues da igual como llamemos al hecho en si, pueden ser tratadas exactamente igual que un sueño.  Son un producto más del si-mismo (en cuanto hipótesis de centro de la personalidad), se comportan igual y sus conclusiones nunca son carentes de sentido, o al menos, al mismo nivel aparente de un sueño, que se desvela después de buscar su realidad simbólica.
  
 

sábado, 25 de enero de 2014

Despertarse antes del momento culminante del sueño

Nos dice CG Jung que es una incompatibilidad del Yo del soñante respecto del material inconsciente.  A menudo estas interrupciones de los sueños son encubiertas bajo pretextos del tipo:"algo me ha despertado antes del momento culminante" o "¡Para qué me despiertas.  Ahora que llegaba a lo mejor!"  Pero un análisis del sueño suele revelar dicha incompatibilidad.  Pero dejando de lado estas sincronicidades que pueden ser discutidas, el despertarse de golpe con una gran emoción es lo determinante de este tipo de interrupciones. Por ejemplo: es clásico el sueño en que caemos hacia el duro suelo sin que halla nada que nos vaya a impedir el tremendo golpe.  Tenemos un miedo de muerte y todo parece tremendamente real. Pero justo antes de chocar siempre nos despertamos, aliviados.  El significado básico de este tipo de sueños, dejando a parte particularidades individuales, nos refiere al soñante como alguien con problemas para tocar la realidad.  para asumir su vida, su aquí y ahora.  Por eso el principio del sueño siempre ocurre en el aire, alejado de la realidad. Pero no se puede vivir de la nada y por eso el sueño nos reconduce a nuestra esencia perdida: el contacto con las necesidades y obligaciones del día a día.  Eso es lo bastante insoportable como para que sólo pueda ser comprendido en todo su magnitud por medio de esta simbología. Y al igual como nos despertamos justo antes, para salvar nuestra vida actual, así evitamos aquello que no podemos afrontar.


Sobre lo que CG Jung representa para mi

Él es mi parte creativa intelectual.  Representa y ejemplifica a ese demonio interno que no se satisface jamas y siempre va hacia delante. A veces no está, desaparece en lo profundo de lo inconsciente, pero siempre vuelve a aparecer, como un eterno retorno de lo mismo-siempre cambiante.  Su sed de conocimiento, de comprensión (en el sentido de aprehensión) es legendaria y sólo es saciada temporalmente.  Tiene la ilusión de un niño y la energía de la plenitud de la vida. Quiere aprender y a veces el juego, la experimentación es la manera de llegar a ello. Así uno se da cuenta de que está vivo. Trabaja y es feliz, quejándose de tener sólo una vida para su magna tarea. Cuando se va retorna el hombre normal, con sus desilusiones y sus hastíos. El hombre cotidiano cuyo ser es cumplir el objetivo biológico de la especie. El eterno sufridor. ¡Tan meritorio y a la vez tan desperdiciado por los intelectuales! ¡Qué difícil es comprender a este último hombre!
Esta mañana pensé en una manera distinta de vivir el fenómeno de conocer. Se basa en la inefabilidad del ser humano.  Como el hombre nace ya lleno (aunque sea de estructuras de potencialidad: arquetipos e instintos) todo el saber de este mundo está contenido dentro de él y se manifiesta a la hora de dar asociaciones sobre los significados simbólicos de los más diferentes objetos o situaciones.  para esto, claro está, la intuición introvertida juega un enorme papel de ayuda, de reveladora de esta ciencia perdida que nos acerca a nosotros mismos y a lo sagrado que hay dentro de nosotros.  

domingo, 12 de enero de 2014

El demonio del introvertido

Les voy a hablar de un mal que padecemos los introvertidos y que es causa  de terribles problemas en nuestra relación con el mundo.  Este consiste en que cuando estamos delante de objetos por los cuales sentimos predilección: un libro, una creación, el propio ordenador, cualquier cosa que nos haga pensar o sentir nuestro mundo interior, en esencia, nos sentimos los reyes de la creación.  Sobre todo si esto ocurre en nuestra propia casa. Entonces somos presa de este demonio adulador y sutil.  Nuestros pensamientos cambian, así como nuestra visión de la realidad. Creemos que la vida no es tal como nos la cuentan o que no debe serlo.  Despreciamos sin darnos cuenta casi todo lo que hay fuera de los muros de nuestra prisión favorita. Al despreciarlos perdemos el equilibrio que alguna vez pudiéramos haber tenido. Desgraciadamente esto ocurre varias veces al día.  Y es al salir de casa, en ese mundo que alguna vez se torna amenazador, cuando nos sentimos liberados. Es como si nos hubiéramos dejado un peso atrás. Vemos la vida de otra manera y nos avergonzamos por los ahora estúpidos juicios de valor sobre la realidad. Es el aspecto oscuro de la casa propia, más si cabe cuando se trata de la casa familiar. Vi un caso de este proceder en el espíritu de un niño retraído y casi antisocial.  Dentro de casa se cerraba sobre si mismo hasta extremos inimaginables , llegando a la grosería, pero al salir y andar unos metros lo veía respirar aliviado.  Iba a trabajar al bar de su padre como castigo por su situación académica. Y le sirvió.  Aquello sirvió ya antes de producirse el hecho. Su psique reaccionó positivamente y el demonio fue empequeñecido, si acaso congelado hasta que los fuegos del ardor maternal lo volvieran a resucitar paradójicamente.   Cuando los introvertidos regresamos a casa, volvemos a estar en posesión de nuestra anima o daimón femenino, ese Eros tan poderoso que los hombres no sabemos valorar.