domingo, 12 de enero de 2014
El demonio del introvertido
Les voy a hablar de un mal que padecemos los introvertidos y que es causa de terribles problemas en nuestra relación con el mundo. Este consiste en que cuando estamos delante de objetos por los cuales sentimos predilección: un libro, una creación, el propio ordenador, cualquier cosa que nos haga pensar o sentir nuestro mundo interior, en esencia, nos sentimos los reyes de la creación. Sobre todo si esto ocurre en nuestra propia casa. Entonces somos presa de este demonio adulador y sutil. Nuestros pensamientos cambian, así como nuestra visión de la realidad. Creemos que la vida no es tal como nos la cuentan o que no debe serlo. Despreciamos sin darnos cuenta casi todo lo que hay fuera de los muros de nuestra prisión favorita. Al despreciarlos perdemos el equilibrio que alguna vez pudiéramos haber tenido. Desgraciadamente esto ocurre varias veces al día. Y es al salir de casa, en ese mundo que alguna vez se torna amenazador, cuando nos sentimos liberados. Es como si nos hubiéramos dejado un peso atrás. Vemos la vida de otra manera y nos avergonzamos por los ahora estúpidos juicios de valor sobre la realidad. Es el aspecto oscuro de la casa propia, más si cabe cuando se trata de la casa familiar. Vi un caso de este proceder en el espíritu de un niño retraído y casi antisocial. Dentro de casa se cerraba sobre si mismo hasta extremos inimaginables , llegando a la grosería, pero al salir y andar unos metros lo veía respirar aliviado. Iba a trabajar al bar de su padre como castigo por su situación académica. Y le sirvió. Aquello sirvió ya antes de producirse el hecho. Su psique reaccionó positivamente y el demonio fue empequeñecido, si acaso congelado hasta que los fuegos del ardor maternal lo volvieran a resucitar paradójicamente. Cuando los introvertidos regresamos a casa, volvemos a estar en posesión de nuestra anima o daimón femenino, ese Eros tan poderoso que los hombres no sabemos valorar.
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