Primero definamos qué es un sincronicidad. Es la coincidencia en un tiempo más o menos corto o instantáneo de varios sucesos independientes que están unidos por el sentido que les da el individuo que los vive. Pero dejando de lado el impacto que produce esta serie de casualidades, impacto que debe retrotraerse a la esencia antigua del ser humano, ¿qué debemos hacer cuando tenemos una o varias sincronicidades? Mi teoría varias veces confirmada por mi intuición y mi emoción es que son una pista de lo inconsciente, a modo de oráculo de los dioses, sobre algo importante que debemos tener en cuenta en nuestra vida. Así, por ejemplo, si estoy buscando un término en varios libros y la mayoría de veces que abro el libro para buscar, la página abierta al azar es la buscada (cuando yo no sabía dónde había de buscarla y a veces ni si quiera si lo encontraría allí) esto lo considero una indicación de lo Inconsciente para invitarme a seguir buscando. Por contra, si cuando quiero hacer algo encuentro una serie de obstáculos imprevistos, a veces verdadera mala suerte, que me dificultan su realización, tomaré en cuenta que lo Inconsciente me quiere llamar la atención sobre la conveniencia de detener mi propósito o de al menos reflexionar sobre el mismo.
Esta actitud es muy irracional y es fácilmente desprestigiada por la estadística. Sin embargo, la vivencia total del alma humana exige el tener en cuenta a la irracionalidad de la misma. Ésta ha sido ampliamente usada por nuestros ancestros y creo que sería demasiado presuntuoso el pensar que el desarrollo del pensamiento dirigido y la técnica fueran las dos únicas manifestaciones válidas del ser humano. Ésta forma de recibir lo inesperado de la vida es la antigua religuere que ha condicionado el saber del hombre antiguo así como del moderno de no hace muchas generaciones e incluso de individuos actuales con un bajo nivel de educación académica. Allí donde falla el caparazón construido por el materialismo adquirido orgullosamente por la consciencia, allí resurge el alma olvidada y desprestigiada que temía a los espíritus o dioses y se preocupaba por una vida más allá de la muerte.
Las sincronicidades o casualidades, pues da igual como llamemos al hecho en si, pueden ser tratadas exactamente igual que un sueño. Son un producto más del si-mismo (en cuanto hipótesis de centro de la personalidad), se comportan igual y sus conclusiones nunca son carentes de sentido, o al menos, al mismo nivel aparente de un sueño, que se desvela después de buscar su realidad simbólica.
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