Él es mi parte creativa intelectual. Representa y ejemplifica a ese demonio interno que no se satisface jamas y siempre va hacia delante. A veces no está, desaparece en lo profundo de lo inconsciente, pero siempre vuelve a aparecer, como un eterno retorno de lo mismo-siempre cambiante. Su sed de conocimiento, de comprensión (en el sentido de aprehensión) es legendaria y sólo es saciada temporalmente. Tiene la ilusión de un niño y la energía de la plenitud de la vida. Quiere aprender y a veces el juego, la experimentación es la manera de llegar a ello. Así uno se da cuenta de que está vivo. Trabaja y es feliz, quejándose de tener sólo una vida para su magna tarea. Cuando se va retorna el hombre normal, con sus desilusiones y sus hastíos. El hombre cotidiano cuyo ser es cumplir el objetivo biológico de la especie. El eterno sufridor. ¡Tan meritorio y a la vez tan desperdiciado por los intelectuales! ¡Qué difícil es comprender a este último hombre!
Esta mañana pensé en una manera distinta de vivir el fenómeno de conocer. Se basa en la inefabilidad del ser humano. Como el hombre nace ya lleno (aunque sea de estructuras de potencialidad: arquetipos e instintos) todo el saber de este mundo está contenido dentro de él y se manifiesta a la hora de dar asociaciones sobre los significados simbólicos de los más diferentes objetos o situaciones. para esto, claro está, la intuición introvertida juega un enorme papel de ayuda, de reveladora de esta ciencia perdida que nos acerca a nosotros mismos y a lo sagrado que hay dentro de nosotros.
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