Afirma CG Jung que renunciar a la colectividad en la que se nace y en la que se vive y tratar de ser alguien -un individuo con personalidad y logros propios- acarrea lo que él denomina una culpa trágica. Se vive el nacimiento de convicciones propias. Es un desgarro del seno materno social hacia el vendaval de la soledad de un sólo individuo. Pero todo eso tiene un precio. La sociedad no quiere traidores. Toda dirección hacia nosotros mismos es un apartamiento de lo colectivo. Y por lo tanto, solamente es tolerado si el individuo que realiza dicha acción crea nuevos valores, útiles que la sociedad puede servirse en su propio beneficio. Este es el precio a pagar por el camino individual. Dicho de otra manera: una vez que gracias al desarrollo de tu individualidad (por medio del análisis) obtienes tus propias herramientas, has de pagar tributo con ellas a la sociedad en la que vives y de la que formas parte.
Quien no pueda hacer esto va camino del ostracismo y hasta de la extinción. Si el individuo no puede crear un valor para la sociedad es mejor que permanezca por siempre inmerso en la sociedad en la que se crió, siendo un número más, anodino e indiferenciado como un rebaño de ovejas para alguien que pasa en coche cerca de un prado.
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