Lo que siguen son simplemente unas breves notas que bosquejan el problema de lo femenino en general y del ánima -lo femenino de los hombres- en particular.
Desde siempre se ha considerado a la mujer como comprensiva, esto es, con capacidad para entender al prójimo. Entender es lo mismo que aprehender, que nos remite a prender, agarrar, coger. ¡Cuantas mujeres han entrado a lo largo de la historia bajo esta definición, ya sea refiriéndose a sus hijos o incluso sus maridos! Pero lo femenino ha de poseer ciertas constancias o características fijas para que pueda ser usado como imagen o símbolo, independientemente que las mujeres a las que apunta posean muchas o pocas características de su psicología. Esta conocimiento de las mujeres nos muestra su capacidad de relacionarse con los demás. La mujer no juzga en tanto que comprende. Juzgar es cosa del hombre arquetípico. Así, el relacionarse permite crear unos lazos de unión con los demás, hecho que se opone al proceder del hombre, siempre ocupado en juzgar, valorar y poner límites.
Lo femenino en el hombre, ya más concretamente referido como ánima, es también una función que sirve a la relación con el entorno y con respecto al conocimiento de si mismo. Pero aquí se demuestra otra de las características de las mujeres. El hecho de que juzguen de forma impropia hace que muchas veces sus reflexiones sean meras opiniones, motivadas por emociones que interfieren en el problema y lo simplifican y falsean en lugar de aclararlo. ¿Pero cuando el hombre se deja arrastrar por este vendaval? Cuando cultiva mucho al opuesto del ánima: la persona. Cuanto más fuerte es la persona para el individuo, más inconsciente permanece el factor del ánima, por lo que más fácilmente se deja llevar este hombre por las simples opiniones de un sentimiento trasnochado. No razona, simplemente se deja llevar por el rencor, por el odio o por contra con el amor más sublime de que es capaz. Se aleja así de su ideal de justicia que tanto admira. Dejando aparte la relación antitética de persona y ánima, ¿En qué otros casos un hombre pierde su capacidad de juzgar? Cuando la proyección de su ánima -ya sea su mujer, su hermana, su hija- están en riesgo y su honra pende de un hilo. El bárbaro se comporta en su venganza como una mujer traicionada por su amante o su mejor amiga. ¡Tanto hay de común entre los dos!
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